A
veces no sé si seguir hablándote es una falta de respeto hacia mí misma o
resignación, y a veces creo también que es por miedo y porque vivo llena de esperanzas
con respecto a la mayoría de los aspectos de mi vida.
Desde
que te conocí en adelante perdí muchos rasgos míos, peleé con mucha gente,
peleé contra vos para que abrieras los ojos, peleé (y aún hoy, después de casi
cuatro años, sigo peleando) contra tu indiferencia y cada una de tus injusticias.
Me costó mucho re-inventarme y recuperar mi felicidad, porque una vez escuche a
alguien decir “Me di cuenta de que lo único que se interponía entre ser una
mujer fuerte o una víctima, era yo”. Y yo era eso, una víctima de años de críticas
de todos, pero más que nada de mí misma.
Si
bien podemos decir que fuiste una de las pocas personas que se quedó porque
supo entenderlo, no puedo darme el lujo de decir que me ayudaste. Porque lo
único que haces cuando en serio necesito ayuda es darme la espalda (sólo a mí,
claro), sos uno de tantos que disfruta de no tener que escuchar más mis mambos,
porque simplemente ya no están, y eso es sólo gracias a que alguien más me
ayudó a encontrar el camino para curarme.
Tantos
años peleando tanto por una amistad me desgastan cada año un poco más, ya no
tengo más ganas o interés en seguir haciéndolo. No son tan sacrificadas las
amistades, no se mendiga el amor, y los valores muchísimo menos. Me terminé
volviendo inmune a cada una de tus disculpas, a tus palabras, y terminé armando
una especie de patrón de tanto que las malgastaste. Ya ni siquiera puedo decir
que me dolés, porque no me sale sentir nada.