Tenía veintisiete y estaba sobreviviendo
a mi regreso de Saturno.
Unas largas vacaciones no sonaban nada mal,
estaba llena de secretos guardados bajo llave
tan ceñidos como hierro derretido.
Seguía esforzándome, mientras me quedaba sin
razones para seguir.
Creí que no era suficiente,
descubrí que no era tan fuerte
mientras estaba tirada en el piso del baño.
Vivíamos en un error
y sentí que era mi culpa.
¡Por la gracia de Dios, no podía soportarlo más!
Me levanté, puse un pie delante del otro,
me miré al espejo y decidí quedarme.
No iba a permitir que el amor me dejara así.
Ahora todas las mañanas espero que ya
no haya más luto.
Oh, ¡finalmente puedo verme de nuevo!
Sé que soy suficiente, que puedo ser
amada, que no se trataba de mí.
Ahora tengo que levantarme, dejar que
el Universo me ponga al descubierto.
Por la gracia de Dios, la verdad te liberará.
Me levanté, puse un pie delante del otro,
me miré al espejo y decidí quedarme.
No iba a permitir que el amor me dejara así.
[...]
Por la gracia de Dios me levanté,
puse un pie delante del otro y me miré
en el espejo.
Por la gracia de Dios me levanté,
puse un pie delante del otro,
me miré en el espejo y decidí quedarme.
No iba a permitir que el amor me dejara así.
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